Hace apenas un par de meses que llegó a nuestro mercado, pero el BRZ vio la luz en Japón en 2012; derivado del concepto develado en el Salón de Tokio 2009. Fue desarrollado en conjunto con Toyota (GT86), de hecho, se fabrica en una de sus plantas niponas. El diseño es una colaboración entre ambas firmas, mientras que el motor, de cuatros cilindros opuestos tipo bóxer es de Subaru, aunque la cabeza y los sistemas de inyección y gestión de válvulas son Toyota. Colaboración total.

Tiene formas simples que buscan agradar a diferentes tipos de clientes y mercados, o eso parece, pues no cuenta en su figura con trazos exagerados o exceso alguno en sus elementos; es muy sobrio. Podríamos hasta decir que se le notan los años, especialmente si lo comparamos con algunos de sus rivales más cercanos, como Audi TT, Peugeot RCZ, Nissan 370Z, o incluso el Mustang V6.

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Otra singularidad es que el BRZ ofrece la arquitectura ideal para los más puristas del manejo y el desempeño dinámico: centro de gravedad bajo, motor atmosférico que gire muy arriba, caja manual, tracción trasera, y peso contenido. Suena a receta para la diversión y parece que lo consigue. Es cierto que en ciudades de gran altitud –como el DF y sus alrededores– los 200 caballos provenientes de su 2.0 litros naturalmente aspirado, tienden a quedarse sin aliento y, por consiguiente, se castigan las cifras de aceleración. Sin embargo, gracias a los desarrollos cortos de la caja, y a sus escasos 1,300 kg, el coche responde con prontitud. Se suma una dirección obediente y muy fina, así como un chasis bien pulido que tranquilamente soportaría el doble de caballos. La transmisión también suma puntos buenos, pues tiene recorridos cortos y las inserciones son precisas.

Destaca la buena calidad de marcha y lo rápido que podemos encontrar una
posición de manejo correcta. Lo malo, evidentemente, es el poco espacio interior en el asiento trasero, además de una cajuela chica y un interior en el que dominan los plásticos duros. Se notan de calidad, sí, pero el aspecto es parco, de un coche económico antes que de un deportivo. El equipamiento es completo y lo mejor es que aunque se opte por la versión más costosa con transmisión automática opcional, el precio no supera la barrera del medio millón.

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VÍCTOR ORTIZ