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Fernando Tornello

En agosto repasamos los circuitos clásicos de F1 construidos en territorio europeo, que forman parte del campeonato mundial desde sus inicios. Spa, Monza, Silverstone y hasta el de Montecarlo podrían ser considerados el Grand Slam del viejo continente.

Pero también hay vida (y buenos circuitos) fuera de Europa. En 1962, el holandés John Hugenholz diseñó el circuito de Suzuka, ubicado entre Osaka y Nagoya, en Japón.

En principio fue creado como pista de pruebas de Honda aunque pronto se transformó en otro de los admirados por los pilotos y el público al presentar una serie de desafíos como las Eses luego de la primera curva, un puente que permite que la pista cruce sobre sí misma, algún curvón rápido como Spoon, la difícil doble curva Degner, pero por sobre todo esto, la increíble 130R, en honor al radio de la misma.

Los autos viajan a más de 290 kph cuando los pilotos deben girar a la izquierda, sin levantar el pie del acelerador, cosa a la que no todos se atreven.

La 130R es la curva en la que Fernando Alonso superó por el lado externo a Michael Schumacher en 2005, quedando como uno de los adelantamientos más recordados de la historia de la F1. Jefes de equipo, mecánicos, periodistas y hasta el director de la carrera confesaron que detuvieron por un instante la respiración en aquel momento, tal vez esperando un final catastrófico para ese intento del piloto de Asturias.

Suzuka y su famosa 130R llegaron al Mundial en 1987 y, desde entonces, han sido testigos de grandes definiciones de campeonatos, consagrándose allí Nelson Piquet, Ayrton Senna, Alain Prost, Damon Hill, Mika Hakkinen, Michael Schumacher y Sebastian Vettel.


Una mención especial para el único circuito de la era contemporánea que el arquitecto alemán Herman Tilke diseñó al estilo de las grandes viejas pistas, el Istanbul Park, construido en el sector asiático de la ex Constantinopla, como un homenaje a la historia de la humanidad, inaugurado en 2005.

Un circuito que ya se archivó para la F1 y que nunca consiguió un nombre para sus curvas, especialmente la conocida como “Curva 8”, en la que se gira a la izquierda, atravesada por cuatro ejes, única en el mundial de F1 hasta hace poco tiempo.

El Istanbul Park asombró a los pilotos de la categoría con ese desafío, al cual se llega debiendo salir de la Curva 7 con el auto bien acomodado, con toda la tracción sobre el asfalto, para encarar la 8 a lo largo de seis interminables segundos que bien valían el costo de la entrada a los espectadores.

Más allá de los circuitos nombrados en este repaso, hay otras pistas con estilo e identidad propia, que aún sin poseer una curva mágica, deben ser recordados como grandes autódromos. Es el caso de Interlagos, tanto el circuito viejo de casi 8 km como el nuevo de 4.3 km, que conserva una versión reducida de la Curva del Sol, la Herradura y Mergulho, como áreas más destacadas.

Por su parte, sería injusto dejar afuera de esta reseña al Gilles Villeneuve, de Montreal, que cada año entrega carreras inolvidables y muestra sectores ultra veloces y curvas lentas, con violentas frenadas, que plantean una exigencia diferente. También debería recordar al viejo Kyalami, en Sudáfrica, a poca distancia de Johannesburgo, mientras que en territorio europeo no pueden caer en el olvido algunas joyas fuera de uso, como Brands Hatch y Dijon, aunque se hayan bajado del tren de la F1.

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