POR PILAR PÉREZ REDONDO 

Quizá quien lea esta columna se sienta identificado conmigo: no soy una experta ni algo que se le parezca en materia de llantas chirriantes, fosos, equipos, escuderías ni circuitos. Siendo así, podría pensarse que me da igual si una competencia enorme de autos veloces viene o no a México. Pero en realidad, me importa mucho.

Cuando me enteré que México había, por fin, conseguido que la Fórmula Uno regresara a la capital del país, sentí sorpresa desde luego, pero también orgullo. Respiré hondo y dije: “¡Vaya, sí se pudo!”.

Pensé que tal anuncio se comparaba con aquellos momentos en los que el país ganaba otra vez la organización de unos Juegos Olímpicos, un Mundial futbolero o algo por el estilo. Que mi país sea la sede de algo tan especial y apetecido por todas las grandes ciudades del planeta, me pareció que era una gran oportunidad para mostrar lo que somos capaces de hacer en materia logística, de disciplina y de infraestructura.

Poner en boca de todo el mundo mi país a través de un evento deportivo es una oportunidad para decirle al planeta lo que estamos consiguiendo como sociedad. Que los demás se percaten que nuestra capital es un ámbito donde, por ejemplo, conviven civilizadamente bicicletas y autos –cuyos fabricantes son de todo el mundo–, o donde se están realizando enormes obras viales para dar fluidez a una de las regiones del planeta con más autos (hay unos cinco millones de unidades, entre coches y camiones); es algo que no podemos desperdiciar.

Y eso por mencionar sólo lo que corresponde a la industria automotriz, pero en realidad el que venga la F1 es un motivo para confirmar a los visitantes la riqueza cultural de nuestra nación, nuestro proverbial buen humor, la disposición turística, y el empuje económico que, a pesar de los pesares, estamos dispuestos a potenciar.

Por eso me entusiasma que un acto deportivo como la F1 regrese a México. Desde luego, querré estar en el Autódromo Hermanos Rodríguez y disfrutar de la tremenda velocidad de los monoplaza (al menos sé que así se llaman esos bólidos) y del arrojo de los pilotos. Que Fulanito o Sutanito se suban al podio nos haría saltar de emoción, desde luego, pero el colmo de la felicidad sería que uno de los nuestros llegara en buena posición.

Visto en perspectiva, tener esta competencia en México y cumplir con todos los rígidos estándares que exige la organización mundial será suficiente para decirle al mundo que somos capaces de hacer algo de esas dimensiones. Por eso sí me importa la F1, aunque no sea una especialista, pero ya me estoy informando, eso no lo duden.