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Audi R8, el superauto más noble

¿No te alcanza para un Lamborghini Huracán LP-610? No hay problema, porque con la mitad se puede tener acceso a su hermano gemelo, mecánica, no estéticamente. Y vaya que no tiene nada que envidiarle el biplaza teutón a su pariente italiano; mera cuestión de gustos, ya que atraen prácticamente el mismo número de miradas y cámaras.

El Audi R8 vive su segunda generación y demuestra al mundo entero que la marca de los cuatro aros puede hacer auténticos objetos de deseo. No llega a ser un hiperauto, como un McLaren en fibra de carbono, pero aun así es una joya de ingeniería. En su construcción se emplean aceros de ultra resistencia, aluminio en abundancia y hasta plástico reforzado con fibra de carbono (CFRP, por sus siglas en inglés). Con ello, el peso se contiene en 1,630 kg, es decir, exactamente 100 menos que el AMG y apenas 31 más que el Focus RS.

Pero el R8 va más allá. Su encanto reside en su capacidad de ayudar al conductor a “sacarle jugo” sin tener vasta experiencia. Es decir, la puesta a punto del chasis y el funcionamiento de sus diversos componentes hacen casi todo el trabajo y la respuesta en un trazado lleno de curvas, así como la entrega de potencia es muy progresiva y poco violenta. Es mucho más fácil de explorar (y controlar) cerca de sus limites que cualquiera de sus rivales, como un Porsche 911, por ejemplo. Es el más noble de los superautos.

El responsable de darle vida es un V10 atmosférico de 5.2 litros que ya conocemos en el grupo hace años, pero esta vez se le ha metido mano de forma que logran extraer 610 caballos sin necesidad de turbinas, lo que quiere decir que desde muy abajo empuja con esa vehemencia que acelera ipso facto el ritmo cardiaco. Se puede elegir el tipo de conducción y el más deportivo (Sport+) es en el que se descubre la magia y estimulación de los sentidos que puede entregar este coupé.

Gracias a una revisión profunda del sistema de tracción integral, Quattro, y a la caja de embrague doble de siete cambios, este R8 de más de 600 caballos puede acelerar de 0 a 100 kph en apenas 3.2 segundos, de 0 a 200 en 9.9 y llega a una máxima de 330 kph. Vale mucho la pena hacer mención de que además de los modos de manejo seleccionables, se puede abrir a voluntad la mariposa en el silenciador del escape para que ruja como tigre al ataque, o algún otro animal igualmente terrorífico.

Y si pulsamos el botón que tiene una bandera a cuadros en el volante, el R8 está listo para salir con la máxima aceleración, gracias a que así se activa el control de lanzamiento, con el que gana en aceleración a todos los autos de esta megaprueba, menos a uno, algo impensable que les contaremos en otra entrega de esta comparativa.

Si dejamos que las asistencias hagan su trabajo y sólo elegimos el modo Sport, el coche será muy efectivo en la pista, pero poco espectacular. Ahora bien, si lo que queremos es que nos envidien por los trucos que se pueden hacer en el R8, es vital desconectar todas las asistencias y esperar a que el diferencial delantero se caliente y deje de recibir potencia, lo que significa que la chamba la harán básicamente la parte trasera, casi como un muscle car a la hora de “aventar la cola”, y esperar que el humo aparezca en grande. En pocas palabras, al principio desliza parejo –patina las cuatro ruedas– como el Focus RS y después de algunas repeticiones el comportamiento cambia y parece que vamos drifteando un Mustang, o un 911, para hablar el mismo idioma.

Por su parte, los enormes frenos de compuesto carbonocerámico hacen un trabajo encomiable a la hora de detener la masa del R8, ya sea de 100 kph a 0, o de 300. Y no aparece fatiga alguna. Al interior hay mucha simpleza en formas y mandos; parece más austero de lo que es en realidad, porque no le falta nada y evidentemente todo está recubierto en aluminio, Alcántara, fibra de carbono y otros materiales de excelente calidad. Un biplaza atractivo, dócil, invencible y, desde luego, coleccionable.

VÍCTOR ORTIZ

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